El pasado viernes 23 y sábado 24 de abril el ilusionista René Lavand festejó sus 50 años al servicio de la magia brindando dos magníficas funciones en la ciudad de Buenos Aires, en un espectáculo que llamó 50 años con la belleza del asombro. Para la ocasión, el diario argentino “Clarín”, en su suplemento Espectáculos, publicó esta excelente entrevista realizada por la periodista Silvina Lamazares. Con elamable permiso de ella es que reproducimos dichas líneas para todos los amantes de la buena magia que quieran comprender un poco más a fondo a este genio.
Por: Silvina Lamazares
Uno lo ve una, dos, cien veces y no descubre el secreto. Pareciera que no lo hay. Al fin de cuentas, qué importa si lo hay. Lo suyo, sobre cualquier paño verde del mundo, coquetea con la ilusión, sin más explicaciones que lo que se ve. O lo que no se ve, que de eso se trata su arte. El del hombre que desafía que ‘no se puede hacer más lento’ y ni así, en esa suerte de cuadro por cuadro que plantea en escena, se puede desentrañar el misterio que atesora su mazo de cartas. Sin embargo, cuando recuerda sus comienzos, no se guarda nada. Y dice: “Cuando tenía 7 años y dos manos, me enseñaron un juego que me impactó… Lo que yo no imaginaba es que iba a dedicarme a la baraja. Mucho menos que iba a tener un accidente que me marcaría para toda la vida”. Palabra de René Lavand, al que la gloria, finalmente, no le llegó por arte de magia.
Dueño de un sobrio sentido del humor y una asombrosa capacidad para hilvanar un relato matizado constantemente con citas ajenas, reconoce: “Soy un contrabandista de frases. Y a veces las pongo más o menos bien”, desafía, con la certeza de la eficiencia. Como cuando repite “eso que canta (Joaquín) Sabina… ‘que el escenario me tiña las canas’. Tengo 81 años y medio, los deterioros del paso del tiempo y eso es una realidad, pero también hay otra, la de la actitud. A mí siempre me queda una duda. No sé si porque soy un hombre saludable hago lo que hago todavía, cumpliendo las convocatorias del mundo, o si a raíz de cumplir con esas convocatorias es que soy un hombre sano. Lo cierto es que mi laboratorio siempre me espera con un paño y un mazo. Con él mato el tedio y con él creo. Es tan importante crear…”.
¿Jugás a las cartas?
Jugué en una época, pero cuando empecé a adquirir habilidad dejé, porque me di cuenta de que si ganaba iban a sospechar de una trampa y si perdía me iban a tomar el pelo. Y, básicamente, soy un hombre decente. A veces pienso eso de que ‘Si los pillos supieran las ventajas de ser honestos, serían honestos de puro pillos’.
¿De dónde sacás las frases?
No soy un gran lector… ni siquiera de sobrecitos de azúcar. Estoy atento, escucho, recuerdo.
Una charla con Lavand es un viaje por la poesía, el barrio, la calle, el mundo. Una charla con un encantador de atenciones. Sostiene la mirada, como en sus espectáculos, y en otro plano corre la vida. “A mí me llaman ‘el maestro de las pausas’, pero no me siento maestro. Yo tuve miles de maestros de la vida y sigo teniéndolos, porque, por ejemplo, uno aprende a vocalizar escuchando al ‘Polaco’ Goyeneche, cómo quiebra la sinalefa (la pronunciación en una sola sílaba de la vocal final de una palabra y la inicial de la siguiente) en una frase de sus versos, para ser más preciso en la expresión y más profundo en la emoción de la gente”.
Preciso él también en la expresión, entiende que “primero hay que ser artista y después violinista. Primero hay que ser artista y después jugador de cartas. Si no, sos mago. A mí no me gusta esa palabra, prefiero que me llamen ‘ilusionista’ o experto en naipes”. Nacido en Capital Federal y criado desde los 14 años en Tandil -un “lugar soñado, como llaman ahora a mi querida ciudad”- cuenta que “un amigo de mi padre, Luis Guzmán, me enseñó un truco que lo sigo haciendo, pero, claro, si me lo viera hacer no lo reconocería, porque creció toda una vida al lado mío. Digamos que en aquel momento, cuando tenía 7 años, eso era un truquito y hoy es una composición de 25 minutos. Fijate qué lindo describía Homero Manzi a las cartas: ‘Cuarenta cartones pintados con palos de ensueño, de engaño y amor. La vida es un mazo marcado, baraja los naipes la mano de Dios’. O como escribió (Jorge Luis) Borges: ‘Pintados talismanes de cartón’. Volviendo al juego inicial, lo aprendí, lo dejé y lo retomé a los 18 ó 20 años, metiéndole de todo, fundamentalmente el alma y el esfuerzo. En medio de eso, a los 9 años tuve el accidente (en Coronel Suárez) en el que perdí la mano, quedé castrado”, grafica.
Padre de cuatro hijos y abuelo de cuatro nietos, celebra tener “una mujer única, ‘la labradora de mi alma’, al decir de (José) Ortega y Gasset. Nora me acompaña, me enciende. Ahora venimos de Londres y Madrid y en unos días nos vamos a Sevilla”. Su travesía por el mundo lo encontrará hoy -también tuvo función anoche- en el Teatro Metropolitan 2, con el espectáculo 50 años con la belleza del asombro: “Cada vez que salgo al escenario o me miro al espejo me pregunto lo mismo: ‘¿Qué estoy haciendo acá a esta edad?’.
¿Y qué te contestás?
Y, pasa lo que pasa, la gente se para tres veces, perdón que lo diga pero es así… Y entonces digo ‘querida, vamos a seguir un poquito más’. Y Nora está ahí.
Con viejos sueños de violinista y un corbatín negro, un clásico de su vestimenta, cuenta que “antes era diestro. No por eso soy zurdo… soy un diestro contrariado. Con los años se me fueron incorporando técnicas, de tal manera que si bien es cierto que mi mano no es la de antes para mi cotidiana vida, pues para lo mío anda cada vez mejor”.
Melómano por autodefinición, comparte que en su casa de Tandil -”rodeada de árboles, pájaros, alegría y un vagón que acondicioné para que pernocte algún amigo”- suelen sonar “Ludwig van Beethoven, Wolfgang Amadeus Mozart, Antonio Vivaldi. Con la música, instintivamente, se me fue metiendo un sentido de la armonía y del ritmo muy importante en lo que hago. Amo la música. Una buena melodía y una rica comida, qué mejor combinación. Estoy deseando llegar a Tandil y decirle a mi mujer que me prepare un huevo frito, solo”.
Con un vinito, ¿no?
El vino es indispensable. Me gusta saludablemente bebido. Escuchá esta frase de Virgilio Expósito: ‘Jamás perdurarán los poemas de los bebedores de agua’. Qué cierre, ¿te gusta?«
“No se puede hacer más lento”
Es su frase de cabecera, su sello de autor: “Surgió una vez arriba del escenario, hace unos 40 años. Y fue pegando. Nunca supe por qué la gente la adoptó, pero muchos me reconocen más por eso que por mi propio nombre. Y creo que marca un estilo, porque yo no prestidigito. Yo lentidigito”.







Sencillamente excelente Maestro!!! Gracias x consagrar tu vida a la magia. Y x haber llenado mi vida con ella.